Rompiendo tópicos: Adam Smith y los intereses de la clase dominante (3 de 4)

Continuamos con una nueva entrega de "Rompiendo tópicos: Adam Smith". En esta ocasión, la cita vuelve a ser bastante larga:

«El único motivo que mueve al poseedor de cualquier capital a emplearlo en la agricultura, en la manufactura, o en alguna rama del comercio mayorista o detallista, es la consideración a su propio beneficio particular. Las diferentes cantidades de trabajo productivo que puede poner en movimiento y los diferentes valores que puede añadir al producto anual de la tierra y trabajo de la sociedad, según se emplee de una u otra forma, nunca entran en sus pensamientos


«Todo el producto anual de la tierra y el trabajo de cualquier país o, lo que viene a ser lo mismo, el precio conjunto de dicho producto anual, se divide de un modo natural, como ya se ha dicho, en tres partes: la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital, constituyendo, por tanto, la renta de tres clases de la sociedad: la que vive de la renta, la que vive de los salarios y la que vive de los beneficios. Estas son las tres grandes clases originarias y principales de toda sociedad civilizada, de cuyas rentas se deriva, en última instancia, la de cualquier otra clase. [...]»

Hablando de la clase de los rentistas, o sea, de los terratenientes, Adam Smith afirmaba: «Es la única de las tres clases, que percibe su renta sin que le cueste trabajo ni desvelos, sino que la percibe de una manera en cierto modo espontánea, independientemente de cualquier plan o proyecto propio para adquirirla. Esa indolencia, consecuencia natural de una situación tan cómoda y segura, no sólo convierte [a los miembros de esta clase] a menudo en ignorantes, si no en incapaces para la meditación necesaria para prever y comprender los efectos de cualquier reglamentación pública.

» El interés de la segunda clase, la que vive de los salarios, está tan vinculado con el interés general de la sociedad como el de la primera. [...] Sin embargo, aun cuando el interés del trabajador está íntimamente vinculado al de la sociedad, es incapaz de comprender ese interés o de relacionarlo con el propio. Su condición no le deja tiempo suficiente para recibir la información necesaria, y su educación y sus hábitos son tales que le incapacitan para opinar, aun en el caso de estar totalmente informado. Por ello, en las cuestiones públicas su opinión no se escucha ni considera, excepto en las ocasiones en que los patronos fomentan, apoyan o promueven sus reclamaciones, no por defender los intereses del trabajador, sino los suyos propios.

»La tercera clase la constituyen los patronos, o sea, los que viven de beneficios. El capital empleado con intención de obtener beneficios pone en movimiento la mayor parte del trabajo útil en cualquier sociedad. Los planes y proyectos de aquellos que emplean el capital regulan y dirigen las operaciones más importantes del trabajo, siendo el beneficio el fin perseguido con todos aquellos planes y proyectos.[...] Los intereses de los comerciantes que trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas siempre son distintos de los generales, y muchas veces totalmente opuestos. El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y reducir la competencia. La ampliación del mercado suele coincidir con el interés público, pero la reducción de la competencia siempre está en contra de dicho interés, y sólo sirve para que los comerciantes, al elevar los beneficios por encima de su nivel natural, impongan, en beneficio propio, una contribución absurda sobre el resto de los ciudadanos. Cualquier propuesta de una nueva ley o reglamentación del comercio que provenga de esta clase deberá analizarse siempre con gran precaución, y nunca deberá adoptarse sino después de un largo y cuidadoso examen, efectuado no sólo con la atención más escrupulosa sino con total desconfianza, pues viene de una clase de gente cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con los de la comunidad y que tienden a defraudarla y a oprimirla, como ha demostrado la experiencia en muchas ocasiones.»



No queriendo extenderme mucho, en esta cita podemos encontrar una idea fundamental, valga como de conclusión de la entrada de hoy: el interés de la élite económica que vive de los beneficios del capital, es decir, los propietarios de los medios de producción, es decir, la burguesía, es contrario al interés general de la sociedad.

Puede parecer algo que ya se supiera - ¿una entrada pa contarnos lo que ya sabemos? se pregunatará alguna/o - o que es evidente. Pero el kid de la cuestión no es qué dice, sino quien. De hecho, si os fijaís, lo importante de esta serie de entradas no es qué se dice sobre unos temas determinados, sino quien. ¿Quien? Adam Smith, padre teórico y alma espiritual emulada y citada constantemente por los gurús y acólitos del capitalismo y el liberalismo económico.

El hecho de que el propio Adam Smith en sus días ya dijera que no había que fiarse de la clase propietaria de los medios de producción, especialmente de comerciantes o manufacureros, da que pensar en unos tiempos en los que la opinión de la patronal se está citando todo el día - creo que todos/as habremos oído las fantochadas en favor del despido libre que pide la patronal -, palabras y opiniones que tienen tanta importancia y trascendencia en un contexto en el que el gobierno cumple como fiel servidor la palabra dicha por la patronal.

¡Y resulta que Adam Smith, el mismísimo, decía ya en sus días que a esta gente no había que creer lo que nos dijera sino tomar sus palabras con cautela y sospecha!

La cita es de Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, (1776), Editorial Oikos-Tau, Barcelona, 1988, libro I, capítulo XI, pp. 324-326.

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